Antes de morir a mediados de los años 90 del pasado siglo, las últimas pesadillas que atormentaban la demencia senil de Doña Encarna estaban pobladas de gente que la perseguía y la atemorizaba. No era algo de extrañar, ya que fue una mujer con una azarosa vida no exenta de peligros, incluyendo varios intentos de asesinato de los que escapó con vida, aunque no siempre ilesa.
En el céntrico barrio de Sevilla donde residía, sin embargo, pocos sospechaban nada sobre su tormentoso pasado, quitando tal vez a algunos de los vecinos de más edad que quizás hubieran oído hablar de su antigua vida en Casablanca, allá por los años 40, o de algunos escándalos protagonizados ya en su piso sevillano allá por los años 50, cuando Doña Encarna pensó que sería buena idea ganarse la vida poniendo una casa de citas en el piso alquilado donde vivía. El trasiego de señores por el zaguán, sumado a los paseos de las chicas en ropa interior por el recibidor del piso con la puerta abierta llevó la cosa hasta los juzgados, que convencieron a Doña Encarna para abandonar tan incómoda actividad y dedicarse a alojar estudiantes.
Y a partir de ahí pasaron cincuenta años en los que Doña Encarna no volvió a dar motivo de queja, dejando a un lado la ya inevitable hostilidad de sus caseros y la algarabía organizada cuando un individuo la apuñaló en la misma puerta de su casa por motivos que no quedaron del todo claros.
Doña Encarna envejeció como envejecen millones de personas en este país. Alojó huéspedes mientras pudo en su casa, hasta que con los años se quedó viviendo sólo con Anita, una antigua costurera. Aunque Doña Encarna siempre aseguró ser viuda, también decía que no tenía derecho a pensión por viudedad, y sólo la llegada al gobierno de Felipe González le proporcionó una ínfima paguita que, sumado a lo que aportaba Anita y a la inestimable ayuda de las hermanitas de Sor Ángela les permitió subsistir con un mínimo de dignidad hasta que, finalmente, la demencia condujo a Doña Encarna a una residencia de ancianos, donde murió poco después.
Tras la muerte de Doña Encarna, Anita se marchó también a una residencia, y los sobrinos de Doña Encarna pasaron por el piso a recoger los pocos objetos de valor de la anciana antes de devolverlo a sus propietarios tras más de cincuenta años de arriendo ininterrumpido. Lo que había sido una vivienda de alto standing, decorada primorosamente por Doña Encarna con motivos árabes en uno de los mejores barrios de Sevilla no era ya sino un destartalado piso que vaciar de cachivaches y reformar antes de que estuviera en condiciones de volver a ser habitado.
Y aquí es donde comienza la historia del secreto de Doña Encarna.
Porque cuando la nieta de los antiguos caseros de Doña Encarna entró en el piso, encontró algunas cosas que los herederos de la anciana habían dejado abandonadas en él. Poca cosa, la verdad, y nada de valor económico. Tan sólo una lámpara que años después iluminaría su habitación de casada y un portaretratos de pared donde Doña Encarna tenía unas fotografías de sus hermanos. Decidida a reutilizar aquel portaretratos, le dio la vuelta con intención de abrirlo, y cual no sería su sorpresa al comprobar que estaba firmemente clavado con varias puntillas.
Lo que apareció al desclavar las puntillas fue un sobre con membrete de una dirección de la ciudad marroquí de Casablanca en cuyo interior aparecieron muy bien doblados unos papeles que muestro a continuación:
A raíz de este hallazgo tan peculiar se nos plantearon un buen montón de preguntas:
Y tal como nosotros conocimos esta historia, la dejamos en tus manos. Más allá de lo intrigante del secreto que Doña Encarna se llevó a la tumba, ese trozo de periódico resulta interesantísimo aunque sólo sea por las crónicas que relatan los combates en varios frentes del otoño de 1944.